Fines éticos de la televisión

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La reciente discusión sobre la calidad de los programas televisivos en nuestro país, bien podría prestarse a una simpática analogía con el primer prólogo de la obra Fausto, de Goethe. En esta parte de la obra, entran en escena tres personajes: el director, el poeta y el gracioso, quienes discuten sobre el contenido del espectáculo que habrán de ofrecer al público.

El primero de ellos, el director, que no es otro que el empresario que concibe la pieza teatral como un negocio, se encuentra empecinado en satisfacer, a como de lugar, las exigencias de su público: “buscad solo la forma de aturdir a los hombres, que eso de satisfacerlos es difícil”, afirma. Esta postura desata la indignación del poeta, amante de la verdad, y que siente la responsabilidad de llevar a los seres humanos a los lugares más sublimes: “¡No comprendéis qué mal oficio es ese!”, responde, “lo auténtico no queda perdido para la posteridad”, afirma convencido. Estas palabras son recogidas por el gracioso (el actor), quien aboga por utilizar las magníficas artes del poeta para el entretenimiento de la gente: “¡Oh, no quisiera oír hablar de la posteridad! Supuesto que quisiera hablar de ella, ¿quién divertirá entonces a los contemporáneos?”.

Quizá esta pequeña alusión a la obra de Goethe nos permita entrar de una manera más adecuada al problema. No solo son varios y distintos los actores  sociales involucrados con la calidad del espectáculo televisivo (empresarios, actores y televidentes), sino que cada uno posee una perspectiva distinta sobre los fines que deben perseguir los programas de televisión, lo que aparentemente hace imposible el acuerdo. Frente a este escenario, consideramos necesario efectuar algunas reflexiones que contribuyan a que la discusión sobre este tema pueda llegar a buen puerto.

Partamos de la reciente coyuntura: el anuncio de una marcha con el propósito de erradicar la “televisión basura” en nuestro país ha suscitado argumentos tanto en favor como en contra de esta iniciativa. El debate, que ha tenido cierto eco en la prensa, pero mayormente en las redes sociales, se ha dado entre quienes piensan, por un lado, que el contenido de ciertos programas dedicados al entretenimiento es dañino y degradante; y aquellos quienes, por otro lado, consideran que estos programas forman parte de una amplia gama de opciones que no hace más que reflejar los gustos de la teleaudiencia (bastando así que quien no comparta esos gustos tenga la libertad de cambiar de canal).

El punto esencial de la discusión consiste, pues, en saber qué es lo que se quiere decir con “televisión basura”. Así, es bueno observar que, tanto los promotores de la marcha como los defensores de los programas de entretenimiento, tienen una cosa clara: el respeto de la ley. Todos están de acuerdo en que los programas de televisión deben respetar el horario familiar, lo que implica evitar “contenidos violentos, obscenos o de otra índole, que puedan afectar los valores inherentes a la familia, los niños y adolescentes”, como así lo establece el artículo 40 de la Ley de Radio y Televisión (LRyT).

No obstante, es precisamente desde esta perspectiva que se han lanzado varias críticas a los organizadores de la marcha. Se ha afirmado que los que saldrán a las calles no necesariamente lo harán para exigir la protección del horario familiar, sino que, en el fondo, muchos de ellos buscan defender sus particulares gustos y valores para que estos se reflejen en la programación televisiva. Dicho en otros términos, el principal cuestionamiento es que el concepto “televisión basura”, utilizado por los manifestantes, es sumamente subjetivo: para unos “Esto es guerra”, “Combate”, “Amor, amor, amor”, entre otros, son televisión basura, mas para la mayoría no y, “puesto que en gustos colores no han escrito autores”, y en la medida en que los valores de una minoría no deben imponerse por encima que los de una mayoría, el propósito de la marcha parece, si es que no inútil, peligroso para una cultura democrática.

A mi modo de ver, estas críticas han llevado a los propios organizadores de la marcha a limitar su protesta al tema del “horario familiar”. No obstante, cabría preguntarse si sería legítimo que la marcha vaya más allá ¿Se trata solo de eso, de cuidar a los niños? Si es así, ¿no estamos perdiendo la oportunidad de redefinir la finalidad del servicio televisivo en nuestro país?[1]. ¿No se trata, más bien, de preguntarnos qué tipo de televisión queremos los peruanos y, más importante aún, de establecer criterios racionales que, más allá de los gustos y los moralismos, nos ayuden a determinar qué distingue a la buena de la mala televisión?

Aunque estos criterios existen, no parecen haber sido aducidos en el debate, por lo que, lamentablemente, la balanza ha terminado por inclinarse sobre quienes defienden el status quo. No basta, en consecuencia, preguntarse qué programas afectan negativamente a los niños, sino qué función cumplen los medios en una sociedad de adultos. Así, teóricos como Denis MacQuail atribuyen a los medios, además de una función informativa y de entretenimiento, el servir de expresión a la cultura dominante y forjar valores comunes, mientras que Habermas, desde su “teoría de la acción comunicativa”, nos advierte cómo la industrialización de la cultura a través de los medios de comunicación a desvalorizado la esfera pública, que ya no sirve para que los ciudadanos intercambien puntos de vista sobre los asuntos de la ciudad, sino únicamente para entretenerse. A la luz de estas posturas, si bien los medios no crean o determinan los valores y prácticas sociales, sí contribuyen a reforzarlos, permitiendo así su proliferación y permanencia. Si argumentos como estos son ciertos, entonces resulta evidente que la programación televisiva no puede reducirse a una cuestión de gustos o a un “cambio de canal”.

Por otro lado, es cierto que a muchos les gusta burlarse de los homosexuales, otros muchos tienden a menospreciar a la gente con rasgos andinos y a todos nos consterna que los ciudadanos estén más preocupados por los problemas del país que por los de la farándula. Sin embargo, más allá de lo que haga la mayoría o de lo que digan los gustos, existen buenas razones para reconocer que estas son conductas que nos empobrecen como país. ¿Qué razones existen entonces para permitir que nuestros programas de entretenimiento toleren, afirmen y refuercen este tipo de conductas?

Pongamos ahora un ejemplo concreto: el caso de “Combate” y “Esto es guerra”. Si nos ceñimos únicamente a lo que dice la ley (Art. 40 LRyT), programas como “Combate” o “Esto es Guerra”, pasarían la valla del “horario familiar” únicamente si evitan el vocabulario obsceno y los juegos sexistas. Pero si atendemos a los fines que los medios deben perseguir (Art. 4 LRyT), entonces nos daremos cuenta que este tipo de programas no contribuyen ni a la “promoción de valores humanos”, ni a la “identidad nacional”, sino que refuerzan la permanencia de unas masculinidades y por sobre otras (el hombre o la mujer de rasgos blancos, atléticos, exuberantes y “sexys”) en el contexto de una cultura en la que sigue primando la discriminación, el acoso callejero y la violencia física y sexual contra la mujer. Así, llegamos a una contradictoria conclusión: si bien en una democracia la televisión debe respetar cierto grado de neutralidad por respeto al pluralismo, lo que vemos finalmente en nuestras pantallas es el privilegio de unas concepciones sobre lo masculinidad y la feminidad que imperan por sobre otras.

Considerando estos argumentos, lejos de considerarla inútil, las manifestaciones públicas en contra de la “televisión basura” constituyen una oportunidad para concientizar a la sociedad; claro está, siempre que estas se realicen de manera pacífica y apelando no solo a la responsabilidad del gobierno y de los dueños de los medios, sino de la población en general.

Convendría entonces recordar el desenlace del primer prólogo de Fausto. A pesar de sus diferentes concepciones sobre la obra teatral, ninguno de los interlocutores es menospreciado. El espectáculo debe ser presentado, debe continuar irremediablemente. Es preciso que la obra refleje la verdad del poeta, la creatividad del actor y el pragmatismo del director, esto es, la totalidad de perspectivas, esa amalgama que comprende “la luz del cielo, la grande y la pequeña” y también “el círculo entero de la creación”.

 


[1] Finalidad que, según el artículo 4 de la LRyT, es satisfacer las necesidades de las personas, en un marco de respeto de los deberes y derechos fundamentales, así como de promoción de los valores humanos y de la identidad nacional.

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