¿HACIA DÓNDE VA EL VOTO EVANGÉLICO?: LAS CONTRADICCIONES DEL MORALISMO

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El 5 de junio deberemos elegir al nuevo Presidente de la República. Se trata de una decisión difícil, toda vez que los candidatos aspirantes al sillón presidencial, Keiko Fujimori y Pedro Pablo Kuczynsky, llevan sobre sí serios cuestionamientos con relación a sus antecedentes en la vida política, como también es el caso de los integrantes de sus respectivos partidos. Puesto que la lucha por los votos es reñida, en este artículo me gustaría referirme  a una gran masa de votantes con la capacidad de hacer virar el timonel de la elección en uno u otro sentido. Se trata de ese sector de la población que reivindica para sí la cosmovisión religiosa como forma de ver la vida y de interpretar la política. Me refiero a la población evangélica.

En las siguientes líneas intentaré analizar una de las principales motivaciones que parece orientar las preferencias electorales de la población evangélica: el moralismo. Me gustaría lanzar una crítica que consiste en contrastar este particular criterio de voto con los valores que los mismos evangélicos pretendemos defender. Según intentaré demostrar, en gran parte del voto evangélico podemos hallar una notoria tensión (y, en ocasiones, contradicción) entre este peculiar moralismo y los valores del evangelio mismo. Como es de esperarse, el presente artículo está dirigido esencialmente a la población creyente.

Lo primero que me gustaría señalar es que, para ciertos sectores de la comunidad evangélica, la cuestión moral es el criterio más importante para optar por uno u otro candidato. Para muchísimos cristianos es determinante saber si un candidato apoyará temas como la unión civil homosexual, el aborto, entre otros asuntos que muchos creyentes, a partir de sus creencias centradas en la Biblia, consideran pecados contra la ley de Dios. Pero en este tipo de valoraciones entra a tallar una primera contradicción que consiste en el hecho de reducir lo moral a un par de temas, dejando de lado otro tipo de cuestiones que también exigen con urgencia nuestro discernimiento moral, como es el caso de la corrupción, la violencia, la pobreza, etc. ¿Qué tipo de lógica cristiana es esta que se interesa y escandaliza por propuestas centradas en la orientación sexual y que no se preocupa por temas tan letales y urgentes como la pobreza, la violencia y la desigualdad? La contradicción es más clara cuando uno recurre a las Escrituras: “Absteneos de toda especie de mal” (1 Tes 5:22) y también cuando se dice que “cualquiera que guarda toda la ley, pero tropieza en un punto, se ha hecho culpable de todos.”(Stg 2:10). En ese sentido, desde una perspectiva religiosa, nuestro examen de las propuestas de los candidatos debería ser integral. Se hace preciso ver en qué medida las propuestas están atendiendo a todos los males existentes.

En segundo lugar, este arraigado moralismo también incurre en una segunda contradicción: si a los evangélicos tanto nos importa moralizar el país ¿cómo se explica que nuestro voto haya respaldado a los candidatos con mayores acusaciones de corrupción (a excepción del Apra) y cuyos miembros de sus respectivos partidos se encuentren tan implicados en este tipo de acusaciones? Claro está, quizá mucho de los lectores dirán que no votaron por Keiko o por PPK, pero lo cierto es que gracias al voto de muchos evangélicos dichos candidatos han podido llegar a segunda vuelta. Uno debería esperar, por tanto, que la integridad moral de los creyentes los lleve a inclinar la balanza hacia el partido que presenta menores acusaciones de este tipo.  Sin embargo, ello no parece ser así. Si somos objetivos, el partido de Keiko Fujimori no solo tiene a más personas acusadas de corrupción, sino también de narcotráfico. Uno, pues, esperaría que el evangélico, que valora tanto la moralidad, defina su voto fácilmente y sin ambages. Parece ser, pues, que muchos creyentes han olvidado esa poderosa frase que dice: “Y no participéis en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien, desenmascaradlas” (Ef 5:11).

Si los evangélicos nos tomásemos en serio ese rol de ser “luz y sal de la tierra” (Mt 5:13-16), si en verdad nos tomásemos en serio el papel profético de desenmascarar el mal, entonces deberíamos sentirnos indignados por avalar un partido compuesto por personas implicadas en la corrupción y el narcotráfico, y que, por otro lado, fueron funcionarios públicos en un gobierno dictatorial y que justificaron, ya sea con sus actos, ya sea con sus palabras, la corrupción institucionalizada y las violaciones a los derechos humanos.

Esto nos lleva a identificar una tercera contradicción del moralismo evangélico: permitir que cualquier tipo de persona llegue al poder con el fin de impedir la agenda gay. ¿Es que de eso se trata?, ¿de permitir unos males para evitar aquellos que a juicio de muchos serían “catastróficos”? Uno esperaría que el cristiano impida el mal siempre (Stg 4:17); que luche contra el mal haciendo el bien (Ro 12:21); o, en el peor de los casos, frente a dos tipos de males, optar por el menos dañino. Pero al parecer, la visión reduccionista a la que nos lleva este tipo de moralismo centrado en el tema gay puede que nos lleve a traicionar nuestros propios principios, nuestro propio testimonio de cara a una realidad que exige personas íntegras.

Una cuestión más debe indicarse y es probable que se trate de la más importante, aunque también de la más compleja. Si los evangélicos pretenden ejercer una labor moralizadora (entiéndase evangelizadora) de la sociedad ¿cómo debe realizarse esa moralización?, ¿qué objetivos debería alcanzar? Para un amplio sector de la población evangélica la respuesta está en la cristianización de las leyes, en la consecución del estado cristiano, en otras palabras, en la teocracia. Sin embargo, cabría preguntarse lo siguiente: ¿sería justo para aquellas personas que no son creyentes o que no creen en la Biblia el ser gobernados por ideas en las que no creen?, ¿no supondría ello una imposición, una afectación a su libertad?, ¿acaso no resulta ser lo más justo en una sociedad plural que los individuos puedan ser regidos por leyes que respalden sus propios puntos de vista morales siempre que estos no hagan daño a los demás?

Estas preguntas son importantes, porque desde hace ya algún tiempo el espíritu moralizador de cierto sector evangélico de la población viene ya entrando en conflicto con ciertos principios propios de una sociedad democrática: el pluralismo, el estado laico, los derechos humanos, etc. Y también es muy probable que la lógica teocrática sea la que está detrás del respaldo por parte de los evangélicos a Keiko Fujimori en el marco de su “compromiso” opuesto a la unión civil.

Sin embargo, me parece necesario que los creyentes evangélicos empecemos a cuestionar la lógica teocrática. ¿Se condice el tan anhelado “Estado cristiano” con el principio bíblico del amor a nuestros semejantes, esto es, a nuestros compatriotas? Así reza la esencia del amor: “Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes” (Mt 7:12). Pregúntemonos, pues, los creyentes lo siguiente: ¿si nuestro gobernante fuese un ateo nos gustaría que este haga leyes ateas?, ¿si nuestro gobernante fuese musulmán nos parecería justo que conformara las leyes al Corán? Evidentemente no. Este es perfectamente el problema de la teocracia: al concebir como verdaderas las propias convicciones se asume cree que se encuentra con la legitimidad para que estas operen sobre personas que no las comparten. La verdad no tiene límites y, en la teocracia, esta termina por superponerse al amor. Esta tensión entre la verdad y el amor es la cuarta contradicción que caracteriza al moralismo evangélico. Esta es la razón por la cual la democracia es mejor que la teocracia: aquella permite que creyentes y no creyentes podamos convivir en un Estado neutral o laico. El tema gay, como cualquier otro tema moral sobre el que existan distintos puntos de vista, se puede discutir. Sin embargo, apoyar a un partido político inspirados en un discurso político teocrático es algo que resulta, a la luz del amor bíblico, algo sumamente cuestionable.

Finalmente, cabe señalar que el problema no solo radica en el moralismo de vocación reduccionista, ni en el menosprecio de la democracia por parte de los teócratas. El problema es también la ingenuidad. Hoy por hoy, una amplio sector de la iglesia, aparentemente representados por el pastor Santana (quien ha hecho explícito su respaldo a la candidatura de Keiko Fujimori), considera que votar por Keiko Fujimori es una garantía para impedir la unión civil homosexual. Sin embargo, creer esto sería un grave error, no solo porque la aprobación de la unión civil no tiene nada que ver con las funciones del Presidente de la República (ya que es Congreso el que aprueba este tipo de leyes), sino que está probado con objetividad, según se puede constatar así en los medios, que múltiples congresista del partido fujimorista están de acuerdo con el referido proyecto de ley y que, más aún, tienen una postura pro gay, como es el caso de Cecilia Chacón (https://twitter.com/chechechacon/status/575416193961623554), Kenji Fujimori (http://elcomercio.pe/politica/gobierno/kenji-fujimori-se-mostro-favor-union-civil-homosexual-noticia-702789) y su vocero Pedro Spadaro (https://www.youtube.com/watch?v=rRnNDuhj6XE), siendo las declaraciones de este último muy reveladoras, ya que estas señalan que el partido tendría como consigna el de dejar a sus congresistas adoptar la postura que quisieran. Esto debe llevar a convencernos de que el famoso “compromiso” firmado por Keiko Fujimori no sea nada más que una estrategia para ganar a los evangélicos a quienes el mismo Cristo mismo enseñó a no ser ingenuos: “sed prudentes como serpientes” (Mt 10:16) fue lo que dijo el Maestro.

En síntesis, podemos decir que, si bien podrían ofrecerse muchos argumentos a favor o en contra de los candidatos en disputa, la apuesta por el fujimorismo por parte de una considerable proporción de la población evangélica resulta ser, en muchos casos, inadecuada. La razón de ello es muy sencilla: el moralismo que está a la base de esta opción es contradictorio con los valores y principios cristianos a los que un evangélico se debe si es que pretende conducirse correctamente. Parece ser mejor, por tanto, para definir nuestro voto, aproximarnos a otros criterios más importante y apremiantes, como es el caso de la calidad moral de los miembros de uno u otro partido, así como su talante democrático.

 

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