ALGUNAS ESPECULACIONES PERSONALES SOBRE EL VOTO NULO

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El voto nulo es una elección democrática. Lo es por la sencilla razón de que es un derecho. Sin embargo, más allá del plano legal, que es externo a las motivaciones de la propia conciencia, es bueno preguntarnos qué es lo que verdaderamente motiva a algunos a votar nulo.

La pregunta es pertinente porque humanamente nadie actúa solo por obediencia a estímulos externos. Ciertamente operan diversas motivaciones en nosotros: sentimientos morales, convicciones personales, poderosos argumentos, creencias religiosas, entre otras motivaciones que, claro está, la persona que piensa viciar su voto puede confesar o reservar. No obstante, insistir en la pregunta acerca de las motivaciones del voto nulo no es una cuestión invasiva, como quizá muchos podrían pensar. Por el contrario, creo que interpelar a nuestros conciudadanos sobre las razones por las que viciarían su voto (así como por qué razón optan por un candidato u otro) es una práctica que, encausada a través del diálogo y de actitudes no violentas, permite forjar una sana cultura democrática. Interpelar o sentirse interpelado no es algo malo. Todo lo contrario. Sentir la obligación de preguntar o contestar lo preguntado es la consecuencia natural de vivir en sociedad. Es advertir que las consecuencias de mis acciones han de afectar a otros y que ellas han de influir, a fin de cuentas, en las grandes decisiones que nos afectarán como país. El contexto de las actuales elecciones, con este marcador tan apretado entre dos aspirantes a la presidencia nos demuestra, con suma objetividad, que elegir por un candidato tiene tan grandes consecuencias para los demás como no optar por ninguno.

Entonces la interpelación es necesaria y aceptar esto es, en el fondo, reconocer que formamos parte de una sociedad que, acaso en alguna medida, debe construir un proyecto común para progresar, para no destruirse. Explicar a otros las razones de nuestras acciones expresa este sentir y permite enriquecernos mutuamente, construir ciudadanía y aleccionar a todos y a las futuras generaciones que las más trascendentes decisiones pueden lograrse a través del intercambio pacífico de argumentos, en otras palabras, a través de la razón y no de la indiferencia del silencio o la batahola de la violencia.

Por tanto, si es que están de acuerdo conmigo en la legitimidad de mi pregunta (puede que no, pero aún así proseguiré para intentar convencerlos) ¿por qué algunos han decidido viciar su voto? Pienso que el voto nulo, sobre todo en el contexto de la actual elección, puede tener diversas motivaciones. En el caso de algunos quizá, no lo sé, podría reflejar cierta indiferencia (o hastío) hacia la política. En el caso de otros, tal vez, el voto nulo pueda ser una forma de exculparse frente a una decisión que después podrían lamentar. Otra causa (sigo especulando) sería el hecho de que el voto nulo solo refleje la confusión: frente a tanta agresividad, frente a tanta información imposible de manejar, frente a tanto apasionamiento y a tantas razones sobre uno u otro candidato que uno no maneja, lo más sensato parece ser decir ¡al diablo, no le voy a ninguno!

Sin embargo, si me permiten aconsejarles, creo que las tres razones antes señaladas pueden ser perjudiciales para construir una sociedad que nos beneficie a todos. La primera justificación (la indiferencia) implica caer en el error de dejar que otros decidan por nosotros y contentarnos con el rol pasivo de ser observadores obedientes, alejándonos de la posibilidad de ser actores y constructores del cambio. La segunda justificación, basada en el miedo y la falta de valor, constituye una actitud que, en el fondo, opta por beneficiar a la mayoría: el hecho de no tomar una decisión ya es una decisión en sí. Por último, la tercera justificación trasluce pereza: pensar, informarse, sistematizar los argumentos, imaginar los contra argumentos, ¡pelear con uno mismo!, parece ser una dolorosa carga para la que no hay tiempo. Lamentablemente, la indiferencia, el miedo y la pereza son defectos que nos impiden construir un proyecto común como sociedad, sobre todo en un país como el Perú, en el que las pruebas del destino, como ya antes ha ocurrido, podrían someternos a tiempos duros que demandarían de nosotros toda la energía y determinación posibles para superar el mal y la degradación moral y humana. En escenarios así la indiferencia, el miedo y la pereza, ¡estos sentimientos tan humanos! solo pueden arrojarnos al abismo y conducirnos erróneamente a confiar en aquellos personajes, ¡esos oscuros personajes! que aparecen como mesías salvadores para al final solo revelar su naturaleza tétrica y destructiva, como la de los jinetes del apocalipsis.

Pero hay también una razón adicional, y muy digna por cierto, por la que una persona prefiere viciar su voto. La razón es que, posiblemente, esta persona está convencida de que sería una absoluta inmoralidad votar por alguno de los candidatos. Así pues, estos individuos serían, en el fondo, únicos. Es posible que la escala moral con la que estas personas midan a las otras sea tan alta que unas onzas más de inmoralidad sobre el alma de un candidato no marque ninguna diferencia con respecto al alma del otro. Todo está podrido, todo está mal. ¿Hablar del menos malo? Eso es absurdo: no estoy dispuesto a ser partícipe de la maldad, de la inmoralidad, parecen ellos decir. Este tipo de personas merece, a la verdad, mi admiración y es por eso que a ellas me gustaría referirme en las líneas que siguen.

A mi modo de ver, existen dos posibilidades que explicarían la psicología que está detrás de esta actitud. La primera de ellas tendría que ver con un error de apreciación: podría ser que, entre dos candidatos, uno sea objetivamente el menos malo, pero, en vez de visualizar esa diferencia, el elector moral prefiera meter a los dos en un mismo saco. Pese a ello, con esa actitud tan moralmente inflexible, el elector tal vez estaría obviando la diferencia entre lo malo y lo terrible. Mi consejo, conjuntamente con mi opinión personal, frente a la psicología que se esconde tras esta decisión es la siguiente: PPK y Keiko son políticos “tradicionales”, entendiendo aquí por “tradicional” esa terrible forma de hacer política que consiste en cambiar convenientemente de postura, atacar al rival con mentiras o tener antecedentes ligados a la corrupción. No obstante, más allá de esa forma de hacer política, también se diferencian en algo: Keiko lleva sobre sí a un equipo que ha participado y justificado una dictadura. No solo es un equipo que tiene más acusaciones de corrupción en comparación con PPK, sino que es un grupo que participó de un sistema de corrupción institucionalizada y, lo más atroz, de un gobierno que desde sus políticas públicas, vulneró los derechos humanos de la gente. PPK no carga con esa mochila. Y ojo, ¡amigo mío!, no se trata de decir que la hija es igual que su padre (como infeliz y discriminatoriamente indicó PPK), sino porque ella se ha juntado con quienes hicieron daño al país. Esta es una diferencia grande, enorme, diría yo, pero que quizá no sea lo suficientemente poderosa para el hombre o mujer moral que piensa viciar su voto por la sencilla razón de que NO SE HA INFORMADO LO SUFICIENTE EN CUANTO A LO QUE HA OCURRIDO EN NUESTRO PAÍS ENTRE EL 90 Y EL 2000.

Empero, bien pudiera ser que nos estemos equivocando en nuestro juicio y que nuestro amigo (o amiga) sí sea una persona informada. Cabe entonces la segunda posibilidad de la que hablaba: estamos frente a una persona, única en su género, que es capaz de cerrar el paso a cualquier ápice de corrupción e inmoralidad. ¿Qué tipo de persona es esta me pregunto yo? Inmediatamente me contesto: debe ser un luchador, un hombre honesto, una mujer solidaria, alguien que respeta las leyes, no por miedo al castigo, sino por ese precioso don de la integridad con el que Dios, por alguna extraña razón, le ha favorecido y que lo hace tan distinto del resto. Acaso será un demócrata que ama la libertad y reverencia profundamente sus límites, o una mujer de izquierda que elige el hambre con tal de poder alimentar a los demás, o tal vez ese cristiano, verdaderamente auténtico, que se esfuerza por ser cada día más parecido a Cristo, o quizá ese hombre de ciencia que ha renunciado a las supersticiones que esclavizan a la mente y está profundamente enamorado de lo humano. No lo sé, pero de seguro es alguien cuya lucha diaria consiste en ser cada vez más justo e íntegro, a pesar del rechazo, de la soledad o de las burlas. ¿Qué podría objetarle a una persona que siendo así piensa anular su voto? Pues la verdad, no me sentiría motivado a objetarle en lo más mínimo. Pero, eso sí, quizá movido por ese sentido de admiración que me mueve a pretender considerarme su amigo, le daría un pequeño consejo: “Mientras vivamos en el mundo de los hombres, mientras sigamos siendo estos seres cubiertos de piel y llenos de estos huesos tan frágiles, la inflexibilidad moral, tan necesaria para los tiempos de lucha, puede llevarnos a alejarnos de los demás, de ese proyecto con aquellos otros que, pese a no compartir tu standard moral, no dejan de ser tus compatriotas, amigos y hermanos. ¡Este domingo se decide una elección amigo mío de quien tengo tanto que aprender!, independientemente del resultado tu moralidad seguirá incólume como las moradas de los ángeles, pero ¿qué del resto?, ¿te acordarás del resto, amigo mío?”

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