Motor terrenal

A cuatro meses del sismo en el Ecuador
Por: Alfonso Wieland (Fundación Paz y Esperanza)

Bahia Ecuador 15 agosto16

“Si ésta es tu segunda venida a la tierra, con estruendos y terremoto, pues no vengas Señor” fue lo primero que gritó una mujer, al ver como en pocos segundos edificios, casas, escuelas, negocios se desplomaban en la ciudad de Pedernales, Manabí. Ella lo cuenta ahora en son de broma, pero es lo que sintió ese 16 de Abril de 2016.

Cuatro meses después, historias de coraje, solidaridad y resiliencia en medio del dolor son realmente increíbles. Los ecuatorianos se movilizaron prontamente para ayudar a sus compatriotas. Por ejemplo, “Wachito” un joven universitario que con un grupo de amigos decide ir al día siguiente a la ciudad de Canoa, monta un albergue temporal para decenas de personas, sin más recursos que sus ganas y fe. O la pastora Nieve cuya casa se vino abajo, pero que en pocos días se animó a no focalizarse en su dolor sino en implementar un comedor en una de las zonas más pobres de su barrio. Unos jóvenes veterinarios de Colombia que apercibidos que en estas situaciones de desastres no sólo los seres humanos sufren, sino los animales, deciden con sus pocos recursos abrir un albergue para perros cuyos dueños habían muerto o los habían abandonados porque simplemente no podían alimentarlos o curarlos. O el pastor Pedro quien con su esposa e hijos decide salir a ayudar, y por supuesto no le será muy difícil encontrar una comunidad afectada. Allí da de alimentar a cientos de personas, animando amigos, con fondos de su iglesia, con ayuda de organizaciones extranjeras y ecuatorianas, con la participación de mujeres y niños de Chamanga. O el pastor Carlos, un líder apasionado por construir ciudadanía, lleno de ideas de cómo construir casas a bajo costo para los afectados, y que estoy seguro las llevará a cabo.

Sí, es cierto, ocurrieron en los primeros días desorganización, caos, saqueos, displicencia de no pocas autoridades. Y en el ámbito de las iglesias evangélicas, es cierto también la insensibilidad de algunos líderes de rango nacional y local. Me comentaban que una denominación, “solidarizándose” con una de sus iglesias locales destruidas, le “exoneró” por tres meses el pago de la cuota que debe enviar cada mes a su central. Felizmente luego esa denominación decidió que eso no bastaba, que era necesario ayudar en serio.
Pero no es menos cierto que miles de personas de buena voluntad, incluida autoridades correctas, hicieron lo posible en mitigar el desastre. No siempre fueron o son notorias esas toneladas de solidaridad. Si Ud. recorre estos pueblos afectados lo más evidente serán las carpas transitorias donadas por organizaciones internacionales, con el logo de esas, por supuesto. O los ordenados albergues administrados por el ejército, o las maquinarias del Estado trabajando frenéticamente, o las reconstrucciones de edificaciones privadas. Pero se tendría que conversar con los pobladores para conocer o reconocer a cientos de héroes anónimos, hombres y mujeres dispuestos a darlo todo por sus conciudadanos. Liderezas comunales, religiosos comprometidos, no ángeles, sino personas comunes y corrientes, verdaderos motores terrenales de solidaridad, que no fueron vencidos por el desastre.

Estos rápidamente construyeron redes de solidaridad. El terremoto sirvió para romper muros de prejuicios entre iglesias, y entre éstas con las comunidades donde están asentadas.
Si, hay aún mil problemas que resolver aquí. Hay obstáculos que sortear, los de siempre. La pobreza estuvo aquí antes que el terremoto. La falta de cumplimiento de derechos estuvo antes que el 7.8 (escala Richter) Pero observando a estas personas uno no puede sino tener esperanza. Sí, es cierto que aún hay mucho que trabajar por la unidad verdadera de los cristianos, de la comunidad.
Pero se tiene al frente una oportunidad magnífica para reconstruir, no sólo edificios y carreteras, sino ciudadanía, solidaridad, comunidad, fe. Humanidad.
Claro que si se puede, con temblores o sin ellos.

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