GLORIA IN PROFUNDIS

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Proveniente de la tradición cristiana, la navidad se sustenta en una poderosa idea que bien vale la pena profundizar en un mundo tan desigual y violento como el nuestro. Tanto para los espíritus dispuestos a escuchar, antes que a creer, como para los espíritus devotos o religiosos, la idea se presenta a manera de misterio, más aún, de paradoja: el mensaje del dios-hombre (más radical aún, del dios-niño) se plantea como liberador para una humanidad sufriente. Como decía, pienso que no se necesita ser creyente para valorar el profundo sentido de la paradoja.

Una manera de interpretarla es la remembranza, que no es otra cosa que el conmemorar el nacimiento de Jesús como un hecho histórico. Otra es la de celebrar la venida al mundo de aquél a quienes los creyentes reputamos como el salvador. A mi modo de ver, estos son sentidos estrictamente religiosos, fáciles de aceptar por los creyentes, pero que pueden desfavorecer el sentido universal del mensaje navideño. En realidad, celebrar al dios-niño puede tornarse vacuo si es que no estamos dispuestos a imitar el acto de “hacernos niños”. La riqueza del mensaje no está en el acontecimiento del nacimiento, sino en el acto por el cual el ser supremo decide despojarse de esa supremacía. Precisamente el aporte original del cristianismo en la historia de las religiones radica en eso: un dios que no exige ser buscado, sino que busca; que no se deleita en las alturas, sino que se recrea en las profundidades.

¿En dónde radica el sentido práctico de este mensaje? Pues en una nueva forma de relacionarnos con los demás, a la manera del Dios que se hace niño. Se trata de una nueva propuesta para el género humano, la de la encarnación, concretamente, la del despojamiento de todo aquello que pueda colocarnos en una posición de supremacía sobre los demás: imagen, dinero, posición social, color de piel, forma del cuerpo, prestigio, estereotipos culturales, renombre, jerarquías, si todas estas cosas son un estorbo para poder establecer relaciones plenas (entiéndase aquí justas, reales, amorosas, verdaderas, equitativas, etc.) con los otros, pues entonces, por el bien de la humanidad, TENEMOS QUE APRENDER A DESPOJARNOS DE ELLAS.

El despojamiento o “kenosis” representa un desafío para el ego humano. La recomendación de Pablo de Tarso es un testimonio de lo difícil que le fue a los cristianos de su tiempo el comprenderlo: “(…) no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó (kenosis) a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Filipenses 2: 5-7). Gente sencilla dispuesta a despojarse de todo aquello que los separa de sus semejantes para establecer relaciones verdaderamente horizontales y profundas, en ello estriba la radicalidad de la navidad. Los mismísimos relatos navideños adquieren sentido desde esta perspectiva: unos reyes del oriente vienen a los pies del niño (a pesar de que los extranjeros eran vistos como impuros por los judíos), unos pastores son los primeros conocedores del nacimiento del salvador (se trata de un grupo social bastante desprestigiado para la época), el niño nace en un pesebre (excluído, dado que no había lugar para ellos en ninguna posada). Desde la perspectiva kenótica, sin embargo, la llamada es a despojarnos de aquellas barreras religiosas, culturales, sociales o económicas entre muchas otras que nos impiden abrigarnos bajo el mismo portal o, mejor dicho, bajo el mismo mundo.

En su poema Gloria in profundis, G.K. Chesterton reflexiona sobre las consecuencias que tiene para el género humano el mensaje de un Dios que se abaja y se derrumba por amor a los demás. Bien vale la pena evocar un fragmento:

¿Quién es altivo si es humilde el cielo,
quién asciende si cae la montaña,
si los soles inmóviles se vuelcan
y un diluvio de amor anega todo;
quién alza la cabeza por un reino,
quién su ánimo sostiene cual fianza,
quién va por el torrente constelado
cuando todo lo bueno se derrumba?

El despojamiento, desde esta perspectiva, es una actitud a repetir por el bien del género humano e implica la renuncia a toda prevalencia del poder en las relaciones humanas: si Dios es humilde ¿puede alguien ser altivo?, Si Dios ha estado dispuesto ha derrumbarse, ¿será adecuado que alguien quiera dominar alzándose?

¿Qué actitudes caracterizan a la persona dispuesta a relacionarse kenóticamente? Esto es quizá lo que cada uno debería preguntarse a sí mismo. El mensaje está allí desde hace más de 2000 años y puede sintetizarse en las siguientes palabras de Bonhoeffer: “Todo niño quiere ser adulto, todo adulto quiere ser un rey, todo rey quiere ser un dios. Solo Dios escogió ser niño”

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