GÉNERO, VIOLENCIA DE GÉNERO Y POSTURAS SOBRE EL GÉNERO

Mujeres-por-la-equidad-de-géneroPese a su uso en el mundo académico desde hace décadas, es recién a partir de los últimos años que el término “género” viene levantando mucha desconfianza entre la mayoría de los sectores religiosos de nuestro país. Frente a la acérrima oposición que, en la hora actual, vienen manifestando las iglesias contra la denominada “ideología de género” y la férrea posición del gobierno en defender el uso del término en el currículo educativo, urge precisar lo que se entiende  o debería entenderse por “género”.

En su reciente pronunciamiento, la Asociación Paz y Esperanza manifestó su inquietud respecto de aquellas posturas que abogan por erradicar el enfoque de género y la enseñanza de la educación sexual de las escuelas públicas. De ahí la necesidad de esclarecer esta posición, sin desvincularla de la preocupación que embarga a los diversos colectivos religiosos que se encuentran convencidos de su causa. En este artículo intentaré persuadir a los creyentes de que el género es un concepto que puede utilizarse de una manera compatible con el evangelio y no como un vocabulario que busca promover la homosexualidad. La razón de ello es que existen diversas posturas sobre el género que es preciso que la población conozca para evitar confusiones terminológicas.

Antes que partir citando teorías o autores, parece más conveniente apelar a la realidad. Esta nos permite distinguir la existencia de diferentes sexos: hombres y mujeres. Pero la realidad no se agota en lo biológico, hay también un elemento cultural. La cultura asigna roles a varones y mujeres. Así, por ejemplo, hombres y mujeres tienen iguales capacidades biológicas para estudiar, pero pudiera ser que la cultura juegue en contra de alguno de los sexos, señalando que es mejor que uno de ellos se quede en casa a ayudar, negándole así la oportunidad de educarse. Precisamente, todo aquel conjunto de roles, funciones y comportamientos que cada cultura asigna como apropiados para hombres y mujeres es lo que tradicionalmente se ha venido nombrando como “género”. Según este punto de vista, con el sexo se nace, mientras que el género se aprende. El sexo está ligado a las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, mientras que el género está asociado a los procesos de socialización por el que pasan hombres y mujeres a lo largo de su vida. Así pues, la realidad nos permite discernir la indesligable relación entre biología y cultura.

Ahora bien, ¿por qué surgió la necesidad de diferenciar entre lo biológico y lo cultural? La diferencia ha sido importante para poner fin a mucha de la desigualdad y violencia ejercida contra las personas. Expliquemos mejor esto. El hecho es que la cultura puede influir positivamente o negativamente sobre la masculinidad o feminidad de la gente. Cuando influye negativamente nos aproximamos a la violencia. Pongamos algunos ejemplos. Un padre le dice a su hijo que no llore porque “los niños no lloran” (sin embargo, un niño biológicamente está capacitado para llorar, solo que la cultura busca reprimirlo). Un padre o un esposo prohíbe a su hija que trabaje: “las mujeres deben quedarse en casa” (pese a que biológicamente la mujer tiene capacidades laborales). Otro ejemplo: “los hombres son más racionales e inteligentes que las mujeres” (¿esto se ha comprobado biológicamente? En lo absoluto; Se trata simplemente de una opinión que proviene de la cultura, no de la biología). Como podemos ver, todas estas frases o aseveraciones no están respaldadas por la biología; son estrictamente culturales y, es más, son un perfecto ejemplo de cómo la cultura puede influir negativamente en el sexo, menospreciando y limitando las capacidades de varones y mujeres. Como es posible advertir, la diferencia entre el sexo (aspecto biológico que divide al ser humano entre hombres y mujeres) y el género (aspecto cultural que se atribuye roles y características a hombres y mujeres) está respaldada por los hechos y la diferencia conceptual entre ambos términos ha sido una herramienta muy útil para visibilizar la violencia que existe contra varones y mujeres.

Hay, pues, elementos del género (culturales) que pueden ser perjudiciales para las personas. Las afirmaciones que pretenden atribuir una “naturaleza” o “forma de ser” a hombres y mujeres, sin que exista un sustento biológico para ello, se llaman estereotipos. Los estereotipos son opiniones generalizadas sobre alguna cosa o persona que carecen de una base biológica. Decir que los “hombres no lloran” es un estereotipo, como también lo es decir que las mujeres “son chismosas” o “son menos inteligentes que los hombres”. Se les denomina “estereotipos de género”, porque asignan ideas de lo “femenino” y de lo “masculino” sin ninguna correspondencia en el plano biológico. Los estereotipos tienen un efecto negativo porque tienden a generalizar (cuando hay mujeres que no son chismosas y hombres que no se avergüenzan de llorar); no se adecúan a la realidad (un niño biológicamente está capacitado para llorar, como una mujer está capacitada para ser inteligente y controlar sus propias palabras); limitan las capacidades de las personas (el niño se puede volver insensible, mientras que la mujer preferirá hablar menos). Es verdad que a veces pareciera que los estereotipos sí tienen una correspondencia biológica, pero esto en la gran mayoría de los casos es solo aparente y se debe a que la cultura constituye un poderoso sistema que ha logrado determinar la conducta de hombres y mujeres (hay culturas en las que las mujeres son muy inteligentes y preparadas, como en las que los hombres son muy sensible o se ocupan de las cosas de la casa). Cuando los estereotipos limitan o impiden el normal desarrollo de las personas decimos que estamos ante una violencia de género.

Vayamos ahora a la dimensión cristiana del asunto. Aunque la palabra género, con su connotación contemporánea, no aparece en la Biblia, sí podemos hallar en las Escrituras los denominados estereotipos de género (roles culturales, esto es, no biológicos, asignados a hombres y mujeres). En la época de Jesús había muchos estereotipos de género que pesaban en contra del valor y dignidad de las mujeres. En el contexto patriarcal, propio de los tiempos bíblicos, las mujeres eran tratadas como cosas, como inferiores al varón, no podían hablar públicamente con los hombres porque ello denotaba indecencia, no podían ser testigos en un juicio porque su testimonio no tenía valor. El evangelio nos muestra cómo Jesús rompe con estos estereotipos de su tiempo tratando a las mujeres como a iguales. Así, Jesús:

  •  Habla con una samaritana (Jn 4), pese a que los judíos se llevaban mal con los samaritanos y que estaba mal visto que un hombre hablase a solas con una mujer…
  •  Era acompañado por mujeres durante su ministerio público (Lc 8:1), cosa que era muy rara, dado que, culturalmente, ella estaban relegadas al ámbito privado…
  •  Se deja tocar y ungir los pies por una mujer que se dedicaba a la prostitución (Lc 7,36-50), lo cual era sinónimo de impureza…
  • Escoge a los primeros testigos de su resurrección a las mujeres (Lc 24:1-12), hecho que también culturalmente era desafiante, ya que la mujer no era considerado un testigo veraz en la cultura d4e la época…

En Jesús encontramos, pues, un modelo dispuesto a enfrentar, con actos de amor e inclusión, la violencia de género.

Sin embargo, los prejuicios o temores a la hora de utilizar el término género persisten, sobre todo en el ámbito religioso. A menudo se piensa que basta hablar de género para negar las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, pero esto no es así. Lo que muchas veces no se advierte es que el peligro de negar la existencia del género para reducirlo todo a lo biológico consiste en la posibilidad de admitir como naturales o inmutables ciertas tradiciones, creencias o costumbres que definen la feminidad o la masculinidad de las personas, pero que pueden ser opresivas en la práctica. Las posturas netamente biologicistas suelen incurrir en este error y terminan reforzando los estereotipos hacia hombres y mujeres: “los hombres son agresivos por naturaleza”, “las mujeres no saben pensar o manejar mejor que los hombres”, “los hombres son líderes por naturaleza, las mujeres no”, “a los hombres les corresponden los cargos de liderazgo, predicación y enseñanza, mientras que a las mujeres la escuela dominical, el coro y la ayuda social”, etc.

Por otro lado, es preciso reconocer la existencia de otras posturas sobre el género que incurren en el otro extremo: pretenden negar el sexo (lo biológico) para reducirlo todo al género (lo cultural). Estas posturas, denominadas queer, postmodernas o post-feministas, afirman que incluso los sexos (hombre y mujer) no son más que conceptos construidos culturalmente (recientemente, la revista National Geographic ha emitido un número avalando este tipo de posturas). La consecuencia sería la existencia de diversos “géneros” (ya no tendría sentido hablar de sexos) sobre la base de la identidad que a cada persona le gustaría adoptar. A mi modo de ver, es esta postura a la muchas iglesias denominan “ideología de género” y su incompatibilidad con la forma en que la Biblia habla de la familia y de la relación hombre–mujer resulta ser manifiesta. La gran pregunta es si esta postura está en el Currículo educativo (reitero, ¡¡¡Esa es la GRAN pregunta!!!!!).

En síntesis, podemos resumir lo expuesto de la siguiente manera. En primer lugar, la diferencia entre realidades biológicas y realidades culturales que definen lo masculino y lo femenino es algo que podemos constatar en la realidad. En segundo lugar, la existencia de la categoría género, que da cuenta del aspecto socio-cultural de lo masculino y de lo femenino, es útil para advertir los estereotipos que limitan las capacidades de hombres y mujeres. Finalmente, existen tres posturas sobre el género: las que lo niegan (perspectiva biologicista), las que reducen todo a lo cultural (perspectiva queer) y las que diferencian claramente entre biología y cultura (perspectiva clásica). Las dos primeras son, a mi modo de ver, posturas extremas, mientras que la tercera, aparte de ser la postura intermedia, resulta ser útil para combatir la violencia de género, teniendo un poderoso aval en la práctica de Jesús. Considerar las diferencias y consecuencias prácticas de cada una de estas perspectivas sobre el género es indispensable para que los creyentes puedan valorar por sí mismos el currículo educativo y valorar qué postura es la que se defiende allí. Próximamente, en los siguientes post de este blog, ofreceré más luces al respecto…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>