¿BLANCO O NEGRO? Las raíces de la violencia ideológica

ciegos

Desde hace algún tiempo vengo reflexionando sobre  la forma en que las personas adquirimos –y, en consecuencia, practicamos- nuestras creencias. Mi motivación para hacerlo ha sido inevitablemente personal: como cristiano evangélico siempre me he visto en la necesidad de dar cuenta de mi fe a un mundo en el que esta no es compartida por todos y en el que ella no es más que una opción de vida entre muchas otras. Sin embargo, con el transcurrir de los años mi preocupación se ha vuelto cada vez más colectiva debido al problema de la violencia. En una sociedad tan diversa, las creencias no permanecen estáticas, sino que encarnan pretensiones de verdad, poder, estatus, hegemonía o reconocimiento. Más aún, estas suelen traducirse en prácticas que chocan entre sí, muchas veces con violencia. Pienso que vivimos en un mundo violentamente ideológico y llamo aquí violencia ideológica a toda forma de agresión originada por el sentimiento de aversión a maneras distintas de pensar.

Pienso que esta última afirmación es pertinente a la luz de las tensiones que se vienen generando entre algunos actores sociales y ciertos actores religiosos (esencialmente en lo que respecta a la homosexualidad y el enfoque de género).  Tengo la impresión de que, hoy por hoy, la brecha que separaba a creyentes y no creyentes parece haberse ensanchado y las reivindicaciones acerca de lo “justo”,  lo “evidente”, lo que proviene del “sentido común” o lo “verdadero” no solo se han multiplicado, sino que se han radicalizado.

En un escenario así, tan polarizado, parece que todo gira en torno a lo que cada uno cree o piensa. Qué es lo que se cree, es la principal preocupación. “¿Qué crees tú?” es la pregunta que determina si seremos tratados como amigos o enemigos. “¿De qué lado estás?”, parece preguntar el familiar, el compañero de labores o de luchas, el profesor o el pastor de almas, esperando una respuesta que sea de su agrado; y, puesto que todos ya nos encontramos situados en algún lugar, la toma de una posición, en la mayoría de los casos, no resulta ser muy difícil, y hasta puede que se nos presenta como algo claro y espontáneo, tan espontáneo como nuestra feliz coincidencia con la forma de pensar de los nuestros. Sin embargo, ello no siempre es así y pudiera ser que, para algunos, semejante ambiente de expectativa externa, de presión grupal, institucional o social, no solo obstaculiza la libertad de creer, sino el cuidadoso y complejo examen de la realidad presta a ser interpretada. Me he preguntado si es este el ambiente adecuado para creer en algo. ¿Es este el escenario que deseamos para determinar o afirmarnos en la verdad de nuestras creencias?

Mi intención es generar conciencia de lo perjudicial que resulta cualquier ámbito en el que, en lugar de reconocer con apertura la diversidad de las creencias y discutir sobre las razones que las fundamentan, se conmine a las personas a optar por el lado que la institución, el grupo o la sociedad estima como verdadero o evidente. Llamo a este tipo de contextos espacios de “blanco o negro”. Aunque escribo en gran parte determinado por mi experiencia en ciertos ámbitos de la comunidad evangélica, no puedo dejar de percibir los espacios “blanco o negro” a gran escala, en las redes sociales, los medios de comunicación, en la política, en las instituciones laborales, e incluso la misma universidad. Existe un pernicioso hábito social: el de escandalizarnos por las creencias del otro por el mero hecho de ser distintas a las nuestras. Unos a otros nos acusamos de ateos o de creyentes, de izquierdistas o derechistas, de progresistas o conservadores, de ser pro-gay o anti-gay, etc., ¡como si estas etiquetas fueran algo en sí mismas!, ¡cómo si ser fiel a la creencia en la que uno encuentra el sentido de su vida fuese un terrible delito! Nos preocupa demasiado qué cree el otro y no cómo o por qué lo cree. ¡Jamás podremos descubrir la verdad o falsedad de nuestras creencias si no conocemos las razones que impulsan a otros a pensar de manera distinta!, ¿no podría ser, acaso, que estuviésemos equivocados? Eso es algo que nunca podremos saber si simplemente rechazamos. Pienso que la mejor manera de reducir la violencia ideológica, así como la mejor manera de reconocer a los verdaderos enemigos de lo humano, consiste en pasar de una cultura que se preocupa excesivamente por el qué creer a otra en que nos preocupemos por el cómo creer. De ahí que debemos ser conscientes cuándo estamos ante un contexto “blanco o negro” y estar prestos a abandonarlo.

Veo con malestar cómo a propósito de la campaña “Con mis hijos no te metas” muchas iglesias han generado o reforzado espacios institucionales de “blanco o negro”: algunas han empezado a abandonar los espacios institucionales reconocidos por la pluralidad y la búsqueda de concertación (como el Conep y la Unicep); algunos individuos y organizaciones han empezado a ser estigmatizados; muchos líderes han sido destituidos de sus cargos por no asistir a las marchas; diversas páginas “pro-familia” presentan información imprecisa, falsa o distorsionada, en vez de ofrecer argumentos e información adecuada para comprender la postura de quienes piensan diferente; los “conversatorios” o “debates” sobre género no son lugares de encuentro para confrontar las posturas contrarias, sino oportunidades para difundir la propia creencia, etc. Sin embargo, más allá del mundo evangélico, he podido contemplar también  reacciones similares en la sociedad, y no me limito a conductas como las de Philip Butters o Patricia del Rio, sino a esa gran cantidad de gente que ha empezado a ver a la religión como un sinónimo de fundamentalismo, incurriendo así en un burdo estereotipo.

Quiero insistir en la importancia de abandonar los espacios “blanco o negro” y de crear lugares para el encuentro y la discusión profunda de creencias distintas. Pienso que debemos aceptar la diversidad, reconocer el pluralismo imperante, dejar de tenerle miedo. No obstante, aceptar la diversidad no significa que hemos de admitir cualquier tipo de creencia. Significa que estamos dispuestos a escuchar por qué el otro cree como cree. Significa que debemos estar prestos a refutar las creencias menos amparadas en la razón y cuyos efectos para la vida se muestren como perjudiciales. Significa estar dispuestos a cambiar nuestras creencias cuando descubrimos, a través del diálogo y la investigación, que son estas las que poseen pocos fundamentos. Para ello se requiere, ciertamente, una profunda reforma de nuestros presupuestos mentales, teológicos e institucionales, en el marco de una sociedad plural.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>